Inspíranos Rodolfo

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PENSAR EN AVALANCHA
Inspíranos Rodolfo

Samuel A. Torres-Méndez/Mirada Sur

Al mediodía del 25 de marzo de 1977, en los albores de la cruenta dictadura militar argentina que se extendería en el país gaucho por un periodo de siete años, Rodolfo Walsh, maestro de inglés, escrupuloso periodista y escritor comprometido con su tiempo, remitió copias a distintas imprentas y medios de comunicación de su última obra, quizá la más poderosa que dejado su carrera como literato, para denunciar los abusos, crímenes y excesos perpetrados por la Junta Militar. La Carta Abierta a la Junta Militar se convertiría, desde ese instante, en uno de los más potentes ejemplos de la responsabilidad de un escritor en tiempos abyectos. Apenas unas horas más tarde de colocar su texto en el buzón, Rodolfo sería emboscado por un grupo de tareas de la dictadura, que lo acribillaría en una ráfaga de fusiles en el cruce de San Juan y Entre Ríos.

Por muchas razones, su carta constituye un ejemplo imperecedero del compromiso social que entraña rendir testimonio de las atrocidades que se cometen desde el aparato del Estado, particularmente en manos de militares. Sin embargo, la carta también demuestra como el análisis de los atropellos cometidos en contra de los derechos humanos requiere una mirada amplia, capaz de ir más allá de las violencias coyunturales, para reconocer y denunciar con el mismo vigor las desigualdades estructurales que, igualmente soportadas por una concepción particular de la función del Estado y sus instituciones, son mucho más despiadadas contra la paz y el bienestar de la población.

Hacer este señalamiento nunca fue poca cosa en Walsh. Después de todo, el escritor había perdido un año antes de su publicar su epístola a la Junta Militar a su hija Victoria en un ataque del Ejército a la organización Montoneros. También de manos de los militares había perdido a su entrañable amigo y poeta imprescindible, Paco Urondo, que fue ultimado por el culatazo de un fusil en manos de un policía. A pesar de todo ello, Walsh alerta en su célebre carta, con una claridad poco frecuente en épocas difíciles, que estos hechos, junto a muchos más, “no son, sin embargo, los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos. En la política económica de ese gobierno, debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes, sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

En tiempos en los que buena parte del descontento social que se ha acumulado como resultado del dolor y la zozobra de una crisis de seguridad sin precedentes apuntan a la crítica de las Fuerzas Armadas, tras la posibilidad de que continúen asumiendo un rol central en la estrategia de seguridad y combate al crimen organizado, bien haríamos en recuperar alguna dosis del arrojo que mostró Walsh hace 45 años para hacer que nuestros clamores y reflexiones no sean cercados por las tensiones y efervescencias de la coyuntura, y apunten también a una revisión profunda de las causas de la violencia que actualmente padecen tantas regiones del país, para que no sólo sea posible encararlas eficazmente, sino garantizar su no repetición en el futuro próximo.

En tal sentido, me parece que es crucial revigorizar la crítica que, primero como movimiento, pero también como ciudadanía activa, debemos hacer a las normas, formales y no formales, que rigen el sistema económico vigente. De la misma manera en que Rodolfo reconoció la tragedia que implicaba el saqueo producido por la política neoliberal que se introdujo la Argentina, dictada desde el hampa del Fondo Monetario Internacional, y que condujo, entre otras cosas, a la reducción sistemática del salario de los trabajadores, el incremento del desempleo, la caída del consumo y el producto interno bruto y la desnacionalización de bancos y empresas estatales, nosotros debemos intentar develar los intereses que subyacen al clima de inseguridad que sacude el país. La acérrima crítica al Ejército que predomina en el debate público puede convertirse en una anteojera que nos impida reconocer, y denunciar en consecuencia, la ignominia de los cárteles y las organizaciones criminales, así como el papel de las instituciones judiciales, las autoridades civiles y los intereses comerciales para hacer posible su operación y expansión.

Ojalá sea ésta una enseñanza de integridad y conciencia histórica que, ante inconcebibles titubeos de nuestra convicción anti neoliberal, podamos recuperar.

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